Digamos que quizá
no estuve sola,
que conversé contigo
en aquel local
de música en directo
donde la gente
no quiere escuchar
más lamentos
que el de una guitarra
sin letra.
Después jugamos a besarnos
en el portal de tu casa
y amparamos el deseo
bajo las sábanas
de una velada completa.
Te reíste de mí
cuando te dije
que yo no creía en el amor
y tú presentiste
que salía todas las noches
a buscarlo.


Foto Silvia Grav
 Lloro siempre porque soy de agua. Ojo conmigo.
                                                                                                                                  Calibro mal el dolor.
                                                                                                         Carina Sedevich

Lo que más cuesta
es venir del vacío y llenarlo.
Volver a regar las plantas,
poner orden por fuera
y por dentro,
recoger la ropa
empezar el libro
abrir la ventana
-acordarte de quién eres-
lo que más cuesta
es pagar el rescate
y volver.


Foto Elena Martyniuk

Soledad,
que rúbrica temblorosa
tienes.


Obra István Sandorfi

Quiero ser para ti
la raíz de la palabra
el verbo
la solicitud entonada
de mi voz
que señala con el índice
mi espacio
de cenizas
y brasas.
Soplo en tu boca
y me llaman incendiaria.
Seguiré escribiendo
aunque me tenga
que quemar.

Foto Thea Curtis

Gastar la palabra Amor
Astillar sus bordes
Abreviar su contenido
-ampliarlo-
Hacerle radiografías
Exponerlo en museos
en grandes almacenes
en mercadillos
Sacarlo a subasta
Desplegar el argumento
Dejar exhausto el lenguaje
que intenta decir
en qué consiste.
Sin embargo Amor
-amor inexplicable-
tú me revelaste
quién era yo.

Foto Pierre dal Corso

El tono perfecto
azul de tus ojos
mar cielo
estrofa descuidada
del verso que te cae
por la mirada.


Lágrima catarata
en tu cara
que yo lamo
para quedarme
con tu tristeza,
parpadeo lánguido
de tus minúsculas olas

en tus pestañas.


Te hablo de esa soledad
que te arranca la piel,
que te expone en carne viva
-soledad a secas-
sin conservantes
ni colorantes.
Una copa amarga
que se bebe de un trago.
Un abrazo sin brazos.
Un beso contra el cristal.
Un ajuste de cuentas.
Un destierro.
Un gemido.
Un poema solo.



La poesía viene a explicarme
las cosas comunes

y dejan de serlo.




Construyo cimientos
versátiles,
que van de ti hacia mí
estremeciendo el espacio,
las líneas convexas 

que unen mi mano
a tus labios,
en un intento
de construir
tu beso
en mi verso.



Escribir es 
cambiar de tamaño
la vida.



Pido perdón
por la realidad que me inyecto en vena,
por la incredulidad
y por la falta de dioses.
Perpleja 
exhausta
me siento al borde de la palabra
a trazar lo que veo
dentro y fuera
de mí.
Por lo demás
no tengo mucho que decir.
He llenado cada espacio.
He bebido cada copa.
He besado cada beso.


Dejemos de cerrar puertas
de bajar persianas
de conjurar a dioses ausentes.
Es la vida
con sus armas implacables
aleatorias
salvajes
dispararnos de uno en uno
hasta resucitarnos.



Artista Egon Schiele

Piensa en mí 
cuando el desalojo previsible 
de los años
te deje sin provisiones, 
piensa en mí

cuando el mundo encoja sus sombras
y sus hombros.

Piensa en mí
cuando el amor
ya no diga tu nombre,
cuando el destierro
te siga los pasos,
cuando no queden
más palabras
que decir.



La poeta escribe
como una posesa,
como si el lenguaje
golpeara sus manos
de tinta
en una noche
en que la soledad
habla demasiado.
Ella sabe
que sobrevive de palabras
que le hacen daño
y que al mismo tiempo
han venido a salvarla.


Los besos resbalan por Noviembre hasta caer...
llegan dándole otro nombre 
a lo que sentimos, 
emborrona sus días con permiso para desear. 
Encuentro y despedida.

Todo sucedió.
Y nada.





He tragado quina
sangre y saliva,
he regenerado mi cuerpo
en tierra de nadie,
he amado
he construido casa
he parido con dolor
he sudado amores
he huido
he vuelto
he llorado con desconsuelo
he sentido asco
-miedo-
he perdido guerras
-las he ganado-
he inaugurado besos
he reído
he gritado
y si continúo
escribiendo
es para tener un lugar
donde poderlo decir.













Escucho a mi soledad
hablar de otros,
me dice
que son tiempos
en que ella
gana
muchas partidas.
Lo dice
mientras ríe
mostrando
su lado
más perverso.




Mis manos
la espalda
los brazos
toda mi estructura ósea
músculos
y es más
todo mi conocimiento
a veces
se hacen tan pequeños
frente a la vida,
que el poema
se vuelve
letra pequeña
de un contrato,
de un empeño
en sublevar mis miserias.





Lo admito,
a veces
soy una extraña para mí misma,
no enciendo las luces
no me veo
no adivino el cuerpo
tembloroso,
no ajusto los nervios,
no encuentro la sintonía precisa
para percibirme.

Lo admito,
a veces
me abrazo a la nada,
al frío terrible de tu ausencia,
a la indecente rendición de mis carnes,
al paisaje destruido 
del poema.

Lo admito,
a veces
me abandono a la tristeza
que supone

ver el fuego consumido.




Necesito tiempo -dijiste-
bostezando y con prisas.
Me quedé llorando
con la impresión
de que te irías a dormir
o a celebrarlo.
Al día siguiente me compré una margarita
y un libro de poemas.
Y mientras escuchaba jazz sin estridencias
recité a poetas
que también se inspiraron
en la estupidez.








Sabrás 
que caminamos
por un asfaltado corazón
y que hay que taladrar
la posibilidad
de encontrarnos.






Es un día gris
y tomo nota de todas las tonalidades,
agua dulce
de aceras resbaladizas
y paraguas de colores
tropezando, mezclando armonías
en un otoño
que tampoco estás.
Brillan
las baldosas en mis ojos.
Todavía te presiento en la lluvia.


Pintura de Antonio Varas
Lluvia de paraguas



Más que a ti,
añoro
la que yo era.
El yo
lo tengo.

Temo 
por el nosotros.


Hay un pájaro herido en mi espalda
y su aleteo 
revuelve los versos
que no consiguen volar.





Si quieres
me vacío los bolsillos
encuaderno los recuerdos
cuento hasta el infinito
abro las puertas del cielo
busco un Dios que crea en nosotros
salgo sin paraguas 
salto a la piscina más seca
cuento las ovejas del insomnio

-si quieres-
contigo.




Ya no pesan las palabras
olvido
desvelo,
todo es liviano,
perfectamente un duelo
que se aleja,
impulso de un corazón
que aprende a no verte.

Ordeno el desván de mi alma
con las manos llenas de adioses
y los kleenex secando
la estancia.

Miro el futuro
para establecer un vínculo
entre el mundo y mi poesía
y con todo
salir a la calle
a completar la historia.


La mía. 







En ocasiones
lo que parece indiferencia
no es más que dolor.


 





Dilatar palabras
que salgan de tu boca
como un estallido

acribillando silencios
que nos separan.